Por Daniela Estobar Alvarado
Académica Escuela Terapia Ocupacional
Universidad Andrés Bello
Los ensayos de bailes tradicionales que durante estas semanas ocupan patios y gimnasios escolares son mucho más que la preparación de un acto. Bien abordados, pueden transformarse en espacios de aprendizaje, participación, convivencia e inclusión para toda la comunidad educativa.
Por estos días, en muchos colegios del país se repite una escena conocida: estudiantes ensayando, docentes organizando presentaciones y familias buscando trajes para las celebraciones de Fiestas Patrias. Pero detrás de aprender los pasos y preparar una presentación ocurre algo que muchas veces pasa inadvertido, ya que también se está aprendiendo.
Seguir una coreografía pone en juego atención, memoria, planificación, coordinación motora y orientación espacial. Hacerlo junto a otros suma aprendizajes igualmente importantes como observar al compañero, respetar tiempos, comunicarse, perseverar frente al error y comprender que el resultado depende de un trabajo colectivo.
Esta mirada cobra especial relevancia si entendemos que convivencia y aprendizaje no ocurren por caminos separados. En abril de este año, el Ministerio de Educación reforzó esta idea al señalar que “la convivencia no es un complemento del aprendizaje, es una condición esencial”, destacando la necesidad de superar la separación entre lo académico y lo formativo. Así, un curso que ensaya se organiza y construye algo en conjunto no solo aprende una danza, sino que también colabora, genera acuerdos, asume responsabilidades y fortalece su sentido de pertenencia. La participación de docentes y familias puede ampliar, además, esta experiencia hacia toda la comunidad escolar.
Pero para que estas actividades tengan realmente ese valor educativo debemos preguntarnos también quiénes pueden participar y de qué manera. En una sala conviven estudiantes con diferentes habilidades, intereses, culturas, características sensoriales y formas de comunicación.
Una celebración inclusiva no significa que todos deban hacer exactamente lo mismo, porque puede requerir adaptar una coreografía, anticipar los ensayos, flexibilizar tiempos, ofrecer distintos roles o encontrar otras formas significativas de participar.
Tampoco debiéramos perder de vista el disfrute. Si todo el esfuerzo se concentra en conseguir una presentación perfecta para los adultos, una experiencia significativa puede transformarse en una nueva fuente de exigencia. Equivocarse, reírse, crear con otros y disfrutar también forman parte del aprendizaje.
Quizás entonces, cuando veamos nuevamente un patio lleno de estudiantes ensayando para septiembre, podamos mirar más allá del traje, la música o la presentación final. Allí también se aprende a convivir, colaborar, reconocer las diferencias y sentirse parte de algo común. Y esos aprendizajes difícilmente pueden medirse con una prueba, pero también forman parte de lo que significa educar y aprender con otros.









