Disciplina, concentración, perseverancia, autoestima y trabajo en equipo son algunas de las habilidades que niños, niñas y jóvenes desarrollan gracias a la Fundación Filarmónica de Coquimbo, institución que cuenta con el apoyo del Plan de Gestión financiado por el Programa de Apoyo a Organizaciones Culturales Colaboradoras, Convocatoria 2026, del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio.
Coquimbo, 31 de Julio de 2026.- Interpretar una obra, ensayar en conjunto o enfrentarse a un escenario son experiencias que van mucho más allá del desarrollo artístico. En la Fundación
Filarmónica de Coquimbo, la educación musical se ha convertido en una herramienta para fortalecer habilidades que acompañarán a niños, niñas y jóvenes durante toda su vida, favoreciendo su crecimiento personal, emocional y social.
Este trabajo es posible gracias al Plan de Gestión financiado por el Programa de Apoyo a Organizaciones Culturales Colaboradoras, Convocatoria 2026, del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, iniciativa que permite consolidar una propuesta formativa donde la música se entiende como un motor de inclusión, aprendizaje y desarrollo integral.
Un espacio donde cada estudiante descubre su potencial
Desde su experiencia profesional, la psicóloga de la Fundación Filarmónica de Coquimbo, Geraldine Cortés Luna, explica que uno de los aspectos más valiosos del proceso formativo es que la música permite descubrir talentos y capacidades que muchas veces permanecen ocultos en otros espacios educativos. Esto ocurre porque el aprendizaje nace desde la motivación y los intereses de cada estudiante, generando experiencias significativas que fortalecen tanto el desarrollo musical
como el crecimiento personal.
«Tenemos estudiantes con diagnósticos de neurodivergencia que logran hacer hiperfoco en sus clases a partir de su motivación intrínseca por el aprendizaje y con ello consiguen reconstruir su identidad y adquirir experiencias de aprendizaje significativo basado en sus intereses profundos. Esto favorece el desarrollo del aprendizaje autónomo y la valoración de los logros que pueden alcanzarse de manera individual», afirma.
Agrega que, aunque las distintas formaciones mantienen un nivel de exigencia, éste se desarrolla de forma progresiva y con un componente lúdico, favoreciendo tanto la adquisición de conocimientos musicales como el desarrollo de habilidades cognitivas y socioemocionales.
La profesional también resalta que el aprendizaje musical se transforma en un espacio seguro para niños, niñas y jóvenes, donde el proceso de aprender un instrumento implica mucho más que dominar aspectos técnicos. «Muchos de los estudiantes se permiten explorar el aprendizaje de más de un instrumento y con ello adquieren disciplina, compromiso con sus procesos de aprendizaje, tolerancia a la frustración, resiliencia, perseverancia y una convicción de que las metas que se propongan pueden ser conseguidas a largo plazo en conjunto, con una red que soporta emocionalmente y presta apoyo cuando es requerido», señala.
Disciplina y concentración que nacen desde la motivación
La práctica musical exige constancia, organización y responsabilidad, pero estas habilidades no se desarrollan desde la imposición, sino desde el interés genuino por aprender. Esa motivación permite que los estudiantes incorporen hábitos que luego trasladan a otros ámbitos de su vida cotidiana.
Desde una perspectiva neurocientífica, Geraldine Cortés explica que el aprendizaje musical favorece la plasticidad cerebral y fortalece funciones ejecutivas esenciales para el desarrollo de niños y jóvenes. «El entrenamiento musical logra favorecer la planificación, la organización secuencial de pasos, la atención y la memoria, esenciales en la concentración necesaria para procesos de enseñanza-aprendizaje efectivos», sostiene.
Una visión que comparte la educadora diferencial Carmen Flores Vergara, quien ha observado que el aprendizaje musical rompe con ciertos paradigmas tradicionales de la educación. «Los procesos de aprendizaje van directamente relacionados con la motivación intrínseca de cada estudiante y no tanto de sus capacidades para el aprendizaje, como ocurre en las escuelas. Por lo tanto, el logro de objetivos no depende tanto de sus capacidades personales, sino de la motivación que tenga frente al aprendizaje musical», comenta.
Respecto al desarrollo de la disciplina, la profesional añade que «la educación musical requiere constancia y compromiso con el aprendizaje, por lo tanto, los estudiantes deben ser muy perseverantes y atentos en la clase a los detalles e instrucciones, lo que conlleva a aumentar sus períodos de atención, concentración y su disciplina”. A su juicio, estas habilidades permiten desarrollar hábitos de trabajo que facilitan alcanzar metas a mediano y largo plazo.
Aprender junto a otros para crecer como personas
En la formación musical, el aprendizaje colectivo ocupa un lugar central. Cada ensayo y cada concierto enseñan que el logro de una interpretación depende del compromiso de todos quienes integran una agrupación.
Geraldine Cortés explica que esta dinámica permite comprender el valor de la colaboración desde edades tempranas. «Los estudiantes logran comprender que el trabajo colaborativo y cooperativo favorece conseguir metas y objetivos colectivos, y que cuando se trabaja en conjunto, es posible lograr resultados que no es posible conseguir de manera individual», afirma. Añade que la Fundación promueve un fuerte compromiso con la inclusión y la diversidad, generando un
espíritu de camaradería donde «la música se transforma en un lenguaje común entre todos».
Desde la mirada de la educación diferencial, Carmen Flores coincide en que la práctica musical fortalece competencias fundamentales para la vida. «He observado que a través de la práctica musical en conjunto van desarrollando paulatinamente habilidades como la cooperación, la escucha activa, el respeto por los tiempos de otros y el compromiso con objetivos comunes», comenta.
Autoestima para enfrentar los desafíos del futuro
Geraldine Cortés sostiene que la participación en una agrupación musical favorece una autoestima más sólida porque permite reconocer los avances personales y resignificar las propias capacidades. «Las y los estudiantes logran observar una autovaloración de sus avances y de aquello que desean mejorar con la finalidad de crecer y desarrollarse”, explica.
Finalmente, la especialista subraya la importancia que estos espacios tienen en el contexto social actual. «En un mundo donde suelen destacarse actitudes de hostilidad y competitividad, ofrecer a niños y jóvenes espacios donde logren potenciar su autoestima les entrega herramientas socioemocionales para enfrentar desafíos en compañía de adultos responsables. Fortaleciendo el desarrollo emocional y la percepción positiva de sí mismos, es más probable que podamos interrumpir procesos de vulneración que afecten su salud mental», concluye.










