Columna: Políticos al borde de un ataque de likes

Por Marco Luna Macalusso
Director Carrera Administración Pública
Universidad Autónoma de Chile, Sede Temuco

Nunca hubo tantos representantes con formación profesional y tanta desconfianza en la capacidad de la política para resolver problemas cotidianos. La contradicción revela que el deterioro del debate público no se explica solo por la falta de preparación técnica. También importa cómo se ejerce el poder y la distancia entre una decisión y sus efectos.

Max Weber advirtió que la política exigía pasión por una causa, responsabilidad y mesura. Hoy esa pasión suele confundirse con sobreactuación. Las redes premian la reacción rápida y dejan poco espacio para la reflexión.

Una democracia necesita convicciones. Pero el problema comienza cuando la certeza personal se transforma en excusa para no escuchar, corregir o reconocer los costos de una decisión. En ese punto, la política deja de orientarse a gobernar y se convierte en una disputa por demostrar quién posee la razón.

Esa lógica favorece anuncios inmediatos, controversias diseñadas para circular y proyectos que buscan impacto antes que resultados. El incentivo ya no es comprender cómo funciona el Estado, sino responder a la audiencia propia. Así, asuntos complejos terminan reducidos a consignas atractivas, pero incapaces de resolver aquello que prometen enfrentar.

El vacío también puede aparecer desde el extremo contrario. Frente al dirigente que convierte toda discusión en una batalla identitaria surge el especialista que mira el territorio solo mediante indicadores. Uno se encierra en su relato; el otro, en su planilla. En ambos casos se pierde de vista que gobernar supone interpretar una realidad cambiante y compleja.

La Encuesta CEP N°96, aplicada entre abril y mayo de 2026, mostró que solo un 6% declaró mucha o bastante confianza en los partidos políticos y un 13% en el Congreso. Aunque ambas cifras mejoraron, estas instituciones siguen entre las menos confiables del país.

La desconfianza ciudadana no nace de la ausencia de títulos. Se alimenta de la impresión de que muchas decisiones se toman sin asumir sus consecuencias. Cuando la política se vuelve espectáculo, también se hace menos atractiva para personas competentes que podrían aportar, pero que rehúyen una dinámica dominada por la exposición.

Recuperar la política no significa reemplazar las convicciones por una administración sin alma, ni entregar las decisiones a expertos sin legitimidad democrática. Significa reconstruir el vínculo entre conocimiento, criterio y responsabilidad. También implica aceptar que gobernar exige tiempo y que rectificar puede ser una señal de madurez.

El poder se desorienta cuando el interés público deja de ser el punto de referencia y la política pasa a funcionar según la lógica del aplauso inmediato. La democracia no necesita dirigentes infalibles. Necesita autoridades capaces de entender que cada decisión produce efectos más allá del titular del día y que gobernar no consiste en acumular likes, sino en responder por el rumbo elegido en el tiempo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *