Por Javier Viveros
Director de Sostenibilidad
Universidad Andrés Bello
El agua nos recuerda, con la fuerza de sus excesos, lo frágiles que somos. Los recientes sistemas frontales que afectaron al país dejaron imágenes difíciles de ver: calles transformadas en ríos, casas anegadas e infraestructura dañada. Ante una emergencia así, la prioridad es clara y no admite discusión, y es cuidar a las personas y responder con rapidez en el territorio. Sin embargo, cuando la lluvia por fin para y la urgencia empieza a ceder, aparece una realidad que la contingencia suele tapar, ya que, para la naturaleza, las crecidas de los ríos no son una tragedia, sino su forma de tomar aire y regenerarse.
Veníamos de más de 14 años de una mega sequía histórica, con déficits de agua que en cuencas clave como la del Maipo o el Aconcagua superaban de forma sostenida el 50%. En ese escenario de tierra agotada, las lluvias intensas funcionan como un respiro indispensable. Se calcula que hasta un 30% del agua de una gran crecida logra filtrarse hacia el subsuelo, alimentando las napas subterráneas que sostienen la agricultura y el consumo humano durante los meses de más calor. Además, el río en movimiento arrastra toneladas de sedimentos ricos en nutrientes que fertilizan los valles de manera natural, algo que ningún insumo artificial puede replicar.
De alguna manera y como fuente natural de ayuda, están los humedales. Ese tipo de ecosistemas funcionan como verdaderas esponjas naturales, ya que cuando llueve fuerte, reciben el golpe del agua, frenan la fuerza de los aluviones y evitan que el impacto sea mayor en las zonas habitadas. Al mismo tiempo, el agua dulce que llega al mar limpia la costa y devuelve la vida a especies que dependen de ese encuentro entre el río y el océano.
La principal lección de estas precipitaciones es que no podemos continuar confinando los ríos mediante obras rígidas ni ocupando sus planicies de inundación. Debemos avanzar hacia un modelo de desarrollo que integre el ciclo hídrico y permita a los ecosistemas cumplir su función reguladora.
El agua representa una amenaza cuando habitamos el territorio sin criterios de sustentabilidad, pero es a la vez el recurso indispensable para revitalizar una tierra exhausta. Equilibrar la prevención ante el riesgo con la puesta en valor de los servicios ecosistémicos que la lluvia nos brinda es la clave para proyectar un Chile sostenible.









