Columna: Cuando el fuego se apaga, comienza el daño en la infancia

Por Mg. Jenny Caniupan C.
Enfermera, Diplomada en Pediatría
Docente Carrera de Enfermería
Universidad Autónoma de Chile, Sede Temuco

Cada verano en Chile, los incendios forestales dejan imágenes que se repiten: cerros ennegrecidos, viviendas reducidas a cenizas y comunidades enteras intentando recomponerse. Pero hay un daño menos visible, más silencioso y probablemente más duradero: el que afecta a niños y niñas que crecen respirando humo, miedo e incertidumbre.

Los niños son especialmente vulnerables al humo de los incendios forestales, compuesto por material particulado fino y sustancias tóxicas, según publicaciones del centro nacional interinstitucional de bomberos de EE.UU., ya que sus pulmones aún están en desarrollo y, proporcionalmente, inhalan más aire que los adultos. Estudios publicados el año 2023 en Pubmed muestran que la exposición al humo de incendios se asocia a un aumento de asma, infecciones respiratorias y alteraciones en el desarrollo pulmonar, con efectos que pueden persistir hasta la adultez. Investigaciones realizadas en ciudades del centro de Chile confirman una relación directa entre episodios de incendios forestales y un incremento en consultas respiratorias pediátricas.

La Organización Panamericana de la Salud (OPS) señala que el impacto no es solo físico, para los niños, un incendio implica evacuaciones forzadas, interrupción de la escolaridad, pérdida del hogar y la constante sensación de amenaza. La literatura internacional muestra tasas elevadas de ansiedad, depresión y trastorno de estrés postraumático en niños expuestos a incendios severos, incluso uno o dos años después del evento. En Chile, estudios realizados por Universidad de Chile y Universidad de Valparaíso, posterior a los incendios de 2014 y 2024 evidencian reacciones emocionales persistentes en la infancia, especialmente cuando no existe acompañamiento psicológico sostenido. Investigaciones en contextos similares, como California y Australia, muestran retrocesos en el rendimiento escolar de niños que vivieron grandes incendios, con efectos que se extienden por años.

El problema se agrava cuando la respuesta pública se limita a la emergencia inmediata. Una vez controlado el fuego, el seguimiento sanitario y psicosocial suele diluirse. Muy escasamente se monitorea de forma sistemática la salud respiratoria o mental de los niños expuestos, pese a que la Organización Mundial de la Salud advierten que los efectos pueden ser acumulativos.

Los incendios forestales ya no pueden entenderse como eventos excepcionales y en ese escenario, la infancia se transforma en un grupo estructuralmente expuesto. Proteger a los niños frente a los incendios no es solo una tarea de emergencia: es una obligación ética y una inversión social que implica prevención ambiental, planificación territorial, políticas de salud y educación que comprendan que, tanto para los adultos como para los niños, el verdadero impacto del fuego comienza cuando las llamas se apagan e ignorar ese daño silencioso es aceptar que crecer entre cenizas sea parte del costo del desarrollo.

Asumir la protección de la infancia frente al fuego como un eje de política pública es también decidir qué tipo de sociedad queremos construir: una que reacciona tarde o una que cuida, anticipa y repara.

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