Por Claudia Figueroa
Magíster en Desarrollo Cognitivo, Escuela de Fonoaudiología
Universidad Andrés Bello
El desarrollo cognitivo de los niños depende y se relaciona con distintas habilidades. Esto significa que, para aprender del mundo, la inteligencia se construye a partir de cómo estas capacidades son estimuladas y evolucionan en las distintas etapas del desarrollo humano.
La atención, como tal, no solo es una habilidad transversal para los procesos de aprendizaje, ya que nos permite estar receptivos a lo que sucede en nuestro entorno, a lo que nos muestra el mundo o a aquello en lo que necesitamos focalizarnos para conocer, sino que, además, nos permite, en un mundo lleno de estímulos, seleccionar y ordenar lo que es más importante de lo que no lo es. Sin embargo, esta habilidad por sí sola no es suficiente, y creerlo es un error que puede explicar por qué muchos menores con trastorno por déficit de atención no logran progresar adecuadamente en su desarrollo educativo.
El sistema cerebral que nos permite aprender es integrado, ordenado y dependiente. A través de la jerarquización, facilita el ingreso y procesamiento de los datos de nuestro entorno. Por lo tanto, la atención puede verse potenciada o perjudicada, por ejemplo, por déficits o trastornos del lenguaje que dificultan la comprensión de la información y, con ello, hacen que los tiempos de atención sean más variables. De la misma manera, la capacidad de organización y flexibilidad es otro aspecto que puede afectar o estimular la atención, al igual que la memoria de trabajo, entre otras habilidades.
Por lo tanto, la evaluación o intervención de los procesos atencionales requiere observar y evaluar los procesos y habilidades cognitivas asociadas, de manera que permitan obtener una mirada más amplia y funcional del aprendizaje, para potenciar el desarrollo, el aprendizaje y la inteligencia de los menores.










