Columna: Clima y salud mental inestable

Por Juan Videla Alfaro
Máster en Salud Mental, Facultad Enfermería
Universidad Andrés Bello

Las imágenes de aluviones, tormentas, incendios o tornados suelen quedar rápidamente asociadas a los daños materiales que provocan. Sin embargo, detrás de cada emergencia también existe un impacto menos visible, y es el efecto que la incertidumbre climática puede tener sobre la salud mental de las personas.

Durante octubre, Chile fue testigo de diversos eventos extremos, entre ellos granizos, aluvión, inundaciones registradas en Santiago, una intensa tormenta con granizo en Talca y un tornado que afectó a la comuna de Requínoa. Aunque cada situación responde a circunstancias particulares, todas comparten un elemento común, y es que nos recuerdan que fenómenos antes percibidos como lejanos pueden ocurrir más cerca de lo que imaginamos.

La exposición constante a noticias sobre eventos climáticos extremos puede generar preocupación respecto al presente y al futuro. Preguntas como “¿estará segura mi familia?” o “¿qué calidad de vida tendrán las próximas generaciones?” forman parte de una inquietud cada vez más frecuente. Para algunas personas, esta incertidumbre se manifiesta a través de dificultades para dormir, problemas de concentración, irritabilidad o sentimientos de tristeza e impotencia. Esto no significa necesariamente la presencia de un trastorno mental. De hecho, preocuparse frente a amenazas reales puede considerarse una respuesta humana comprensible.

La evidencia científica respalda esta preocupación. La Organización Mundial de la Salud ha advertido que el cambio climático agrava diversos factores sociales, ambientales y económicos que influyen en el bienestar psicológico. Del mismo modo, una revisión internacional que analizó 35 estudios y más de 45.000 participantes encontró asociaciones entre la ansiedad relacionada con el clima y mayores niveles de estrés, ansiedad y síntomas depresivos. Aunque estas asociaciones no permiten establecer una relación causal directa, sí muestran que el fenómeno merece atención.

El desafío no consiste en patologizar cada temor, sino en reconocerlo y abordarlo adecuadamente. Escuchar, validar las emociones y promover espacios de conversación puede ser tan importante como preparar a las comunidades frente a futuras emergencias. Si la preocupación se vuelve persistente y comienza a afectar el descanso, las relaciones o las actividades cotidianas, buscar apoyo profesional puede ser una medida necesaria.

Cuidar la salud mental también implica fortalecer las condiciones sociales y comunitarias que permitan afrontar la incertidumbre con mayor seguridad, información y esperanza. Esta es una tarea colectiva, tan relevante como prepararnos para los efectos físicos del cambio climático.

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