Opinión: Lecciones de la Reforma Tributaria, por Lily Pérez San Martín

Por Lily Pérez San Martín, senadora por la Región de Vaparaíso

 

Lily Perez 0403A menos de un año de que termine el actual Gobierno, resulta sumamente constructivo reflexionar sobre las lecciones que debemos aprender para no cometer errores graves que el país día a día paga y de manera muy cara. Independiente de que sector sea el que lidere los rumbos del país por los próximos cuatro años a partir de marzo de 2018, la historia está para ser aprendida, obtener lecciones y aplicar los cambios necesarios para perfeccionar aquello que se ha hecho mal.

Como Senadora y presidenta de un partido de oposición, profundamente creo que mi rol no es sentarme a criticar todo lo que haga el oficialismo. No es mi visión de la política y no es lo que día a día en Amplitud queremos proyectar. Creemos y creo en una política constructiva y construida en base a aportes, discusiones con respeto y altura de miras, propuestas y acciones.

He visto en este Gobierno muchos desaciertos. He visto un dejo hacia las regiones, una despreocupación por la educación de nuestros jóvenes y nuestros niños, falta de acción y reacción frente a catástrofes naturales y urgencias en general. Podría incluso enumerar muchos frentes en los cuales creo que se ha actuado mal o con negligencia, pero me quiero detener en uno que creo que es de los más gravitantes; la Reforma Tributaria.

Mis motivos son simples. A diferencia del pésimo actuar del Gobierno en desastres naturales, en el caso de la reforma hubo mucho tiempo para actuar. La discusión de esta, a pesar del estilo aplanador de esta administración, fue relativamente extenso. Se le advirtió, en ese entonces, a la Presidenta y a los ministros correspondientes, que era una mala reforma. El sector privado, sobre todo las Pymes, que generan la mayoría del trabajo en el país, iban a sufrir de incertidumbre y de una desventaja frente a las grandes empresas tan significativa, que iba a afectar al empleo y a la inversión como hace mucho no sucedía. Expertos, advertían además que el gran crecimiento obtenido en los últimos años se iba a estancar e incluso contraer.

Pero independiente de todo eso, el trabajo (insisto aplanador) del Gobierno logró la aprobación de una reforma que hasta este lunes pasado cuenta con un 59% de desaprobación y un 21% de aprobación y que tiene al 16% de los chilenos pensando que la situación económica está progresando frente a un 84% que cree que está retrocediendo (datos obtenidos por la encuesta Plaza Cadem del lunes 13 de maro).

Frente a esto podría sentir algo de tranquilidad sabiendo que fui la única en el Senado en votar en contra de una reforma que siempre tuve la convicción de que era nociva para el sector más importante y a la vez frágil de nuestra sociedad, la clase media. Es más, como partido, Amplitud estuvo en contra de esta reforma ya que estamos por bajar los impuestos a las personas y diferenciar el pago de estos de las grandes empresas y las pequeñas y medianas. Pero no. Lo que menos estoy es tranquila. Me preocupa el futuro de nuestro país, me preocupa que las lecciones no se aprendan.

La extrema politización, la tozudez, la arrogancia, la falta de argumentos técnicos y la nula apertura a dialogo que vimos durante la discusión y tramitación (quiero recalcar su diferencia) de esta reforma fue impactante. Se manejaron los destinos económicos y laborales de un país en base a aspectos propagandísticos en vez de racionales. Se prometió juntar recursos para una segunda reforma, la educacional, la cual ni se ha llevado a cabo de la manera una vez descrita.

Espero que en estas elecciones el debate se eleve y surjan propuestas de calidad para revertir la situación que sólo ha traído perjuicios a un país que hasta hace poco era líder económico en la región y ejemplo mundial. Por mi parte, mi postura frente a lo hecho es inamovible, pero mi disposición y trabajo a perfeccionar la realidad tributaria de millones de chilenos es y estará siempre.

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